Viajes

El Centro Botín de Santander: arquitectura, mar y una cerveza con vistas

Del Centro Botín se han dicho muchas cosas: que sus famosas conchas se caen (las que recubren parte de su fachada), que su edificio es demasiado protagonista en la bahía, que los santanderinos esperaban algo más discreto…

Y puede que todo eso sea verdad. Pero yo, mientras cruzaba los Jardines de Pereda en pleno agosto, con medio Santander en bici, en patinete o tumbado en la hierba, pensaba justo lo contrario: estaba en un sitio distinto y perfecto.

El ambiente era de festival: familias paseando, turistas comentando la exposición, grupos de amigos tomando el sol… y enfrente, el edificio de Renzo Piano, brillante, como una nave espacial que hubiera aterrizado suavemente sobre el mar.


Con el verde del césped, el gris del Cantábrico y ese cielo tan típico de Santander —mitad azul grisaceo, mitad nubes—, yo solo pensaba: esto es un regalo para mi blog. Ya me veía en Madrid con un arsenal de fotos.

El edificio por fuera

Lo primero que sorprende es el tamaño. Acostumbrados a las moles de hormigón que se plantan hoy en día en cualquier ciudad, el Centro Botín parece casi modesto… aunque no lo es. Tiene personalidad propia, se nota que lo firma un arquitecto estrella.


Dos volúmenes metálicos y curvos flotan sobre pilotes, dejando que te cueles por debajo para asomarte a la bahía.


El tono nacarado de las conchas le da una luz especial. Vale, algunas se caen y han tenido que poner una malla para sujetarlas, pero yo me quedo con la idea original: un edificio brillante, ligero y moderno frente al Cantábrico.

El interior

Entrar es otra experiencia. Todo son paredes de cristal, así que el mar y los jardines se cuelan dentro. La luz inunda cada rincón. Y los techos… nada que ver con esos falsos techos deprimentes de tantos centros culturales. Aquí son metálicos, con las mismas conchas que en el exterior, y quedan de lujo.

La tienda

Como en todo museo que se precie, hay una tienda irresistible. Selección cuidada, objetos bonitos que no necesitas pero que querrías comprar todos. Yo me contuve, pero podría haber salido cargada.

La cafetería

Es una joyita, con esas paredes acristaladas que parecen abrirse al mar.


Busca mesa junto al ventanal y disfruta: las vistas son de postal y, con un poco de suerte, verás a algún pescador sentado junto a su caña, esperando su momento de gloria.


Eso sí, paciencia: tendrás que reclamar al camarero varias veces antes de que llegue tu cerveza. Pero cuando por fin aterriza en tu mesa y levantas la vista hacia la bahía, sabes que ha merecido la pena.

La exposición

Hay una colección permanente y exposiciones temporales. Nosotras vimos la permanente, que es pequeña y se recorre rápido, lo cual viene bien si luego te espera una buena caminata por Santander.

Lo mejor es que el recorrido arquitectónico en sí ya merece la visita: escaleras metálicas negras que suben y bajan, vistas al mar en cada esquina, salas con estilos diferentes.

Destaco dos:

  • Una con unas vistas al Cantábrico que te dejan sin habla. Yo pensé: ojalá pudiera hacerme una casa aquí mismo.
  • Otra con obras espectaculares: Bacon, Juan Gris, Picasso, Sorolla… me quedé asombrada.

Es verdad que muchos santanderinos se han quedado un poco plof: esperaban un Guggenheim y el resultado es más discreto. Pero esas dos salas, la arquitectura y el paseo por todo el edificio hacen que la visita valga la pena.

Como mínimo, entra en la cafetería, pide una cerveza y disfruta de sus vistas. Porque al final, lo mejor del Centro Botín no está solo dentro del edificio, sino en lo que pasa alrededor: mar, luz, gente y ese aire del norte que siempre te deja con ganas de volver.

Detalles que me han encantado del edificio de Renzo Piano

  • Los techos: son una prolongación del diseño de la fachada. Metálicos, en un gris suave y decorados con las famosas conchas, sustituyen a los típicos techos modulares de cuadrados que suelen verse en edificios públicos (y que yo detesto y evito fotografiar). Un detalle cuidado y elegante.
  • La estructura elevada: el edificio no se apoya directamente en el suelo, sino que se sostiene sobre columnas altas. Eso permite que, al acercarte, vayas descubriendo poco a poco el mar y la vida que hay alrededor. Le da un toque muy especial y distinto.
  • Las escaleras: subir y bajar por ellas es casi un recorrido en sí mismo. Mientras asciendes hasta la planta superior, las vistas van cambiando y puedes contemplar la bahía de Santander desde ángulos muy distintos. Una experiencia espectacular.

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