Arte

Las exposiciones temporales del Thyssen: Pollock y Warhol

Una de las cosas más interesantes de vivir en Madrid es saber que el Thyssen siempre tiene una exposición temporal esperando. Aunque conozcas bien el museo, siempre hay algo nuevo que descubrir: una obra que no habías visto antes o un artista pendiente.

Las exposiciones temporales del Thyssen forman parte de ese pequeño lujo cultural que ofrece la ciudad. No solo por las obras, sino por la manera en la que están pensadas: con contexto y con intención.

Yo me hago cada año un calendario disfrutón y, en septiembre, una de esas cosas apetecibles es entrar en las webs de los tres grandes museos de Madrid y revisar la programación del nuevo curso.

Pollock y Warhol: dos extremos del arte moderno

Andy Warhol se pasó la vida deseando tener un Pollock en su colección de arte, cosa que nunca llegó a conseguir. Este parece ser el único nexo evidente entre dos artistas tan diferentes. Pero esta exposición trata de contarnos que había mucho más en común entre ellos.

Jackson Pollock fue la figura más importante de la Escuela de Nueva York, movimiento clave del expresionismo abstracto en los años cincuenta, lo suficientemente influyente como para trasladar el centro del arte moderno de París a Nueva York tras la Segunda Guerra Mundial.

Pollock revolucionó la pintura con su técnica del drip, llenando el lienzo de acción y emoción, lo que lo convirtió en un icono de la libertad creativa estadounidense.

Warhol, en el polo opuesto del arte del momento, “para algunos no fue más que un simple apropiacionista de las imágenes y los objetos de consumo”, según Estrella de Diego, comisaria de la exposición. Aunque, con el tiempo, se ha consolidado como el indiscutible rey del Pop Art.

Durante años, la historia del arte nos ha contado esta relación como un enfrentamiento: abstracción frente a figuración, profundidad frente a superficie, genio creador frente a apropiación de imágenes.

Pero la exposición plantea otra pregunta, formulada por su comisaria:
¿y si hubiera afinidades entre Pollock y Warhol más allá de la conocida fascinación del segundo por el primero?

Si quieres ver latas, vete al supermercado

Esto lo dice la comisaria en el podcast de la exposición. Y es que hay un peso pesado enorme que se echa en falta —o por lo menos yo lo eché—: las famosísimas latas de sopa Campbell de Warhol.

La exposición es interesante, está bien construida y se recorre con gusto. Aun así, confieso que eché en falta algunos de los grandes iconos de Warhol. Cuando uno va a ver a Andy, inevitablemente espera encontrarse con sus imágenes más reconocibles: las latas, Marilyn, Elizabeth Taylor.

Hay dos figuras muy potentes en la exposición -Elvis, imponente en sala, y Jackie, que también impresiona-, pero queda esa sensación de ausencia. No es tanto una crítica como una expectativa difícil de esquivar.

La exposición no busca reunir iconos, sino contar una historia distinta.

Las dos botellas de Coca-Cola

La historia distinta es esta: la muestra arranca con una de las anécdotas más reveladoras de la carrera de Warhol. En 1964 pinta dos botellas de Coca-Cola.

En una de ellas introduce pinceladas cercanas al expresionismo abstracto y a la escuela de Nueva York. En la otra las elimina: una botella limpia, casi impersonal.

Cuando muestra ambas obras a su entorno, la respuesta es unánime: la botella sola es el camino, porque representa el mundo que viene.

Ese gesto, aparentemente sencillo, marca el nacimiento del Warhol que hoy reconocemos. Por eso estos dos cuadros son tan importantes al comienzo de la exposición.

Lo que me sorprendió, lo que me chocó

Después de visitar la exposición vi el podcast en el que Estrella de Diego conversa con Rodrigo Navia-Osorio Vijande. Ambos hablan de un Warhol muy distinto al tópico: tímido, cercano, encantador. Mucho más humano de lo que su personaje público daba a entender.

Me chocó especialmente descubrir la obra figurativa de Pollock. Sabía que su camino hacia el dripping no fue inmediato, pero no esperaba una pintura tan sólida y tan distinta de su abstracción. Ver ese tránsito ayuda a entender que los límites entre abstracción y figuración no eran tan rígidos como a veces creemos.

Sé que se están poniendo de moda las exposiciones que reúnen a dos artistas, pero a mí me gustan mucho más las dedicadas a un solo creador. No porque Pollock sobre —en absoluto—, sino porque personalmente disfruto más de los monográficos. Me resulta más fácil entrar en un solo universo, sin cambiar de registro, sin salir y volver a entrar constantemente.

El Thyssen y sus universos temporales

Una de las grandes virtudes del Thyssen es que no se limita a montar exposiciones. Construye auténticos universos temporales alrededor de cada muestra.

Charlas, libros, documentales, actividades paralelas, material educativo, catálogos cuidados y hasta un merchandising pensado con mucho criterio. El Thyssen no solo expone obras: construye contexto.

Mi recomendación: merece la pena asomarse a todo ese material antes de la visita. La experiencia se disfruta mucho más cuando llegas con ese conocimiento previo.

Un bistró francés cerca del Thyssen: Café Murillo

Hay un bistró francés pequeño y bonito al que da gusto ir a comer o a tomar un café, en invierno o en verano. Está a unos nueve minutos andando desde el Thyssen y apetece especialmente después de una exposición que te ha gustado.

Eso sí, un aviso: si en la web anuncian brunch, conviene confirmarlo antes. Yo reservé hace poco para un brunch y, cuando llegamos tres amigas, nos dijeron que llevaban dos años sin hacerlo, cosa que me enfadó mucho porque íbamos con unas ganas locas de tomar unos huevos Benedict.

Una recomendación

Leer Busca mi rostro, de John Updike, es una experiencia preciosa. La novela trata sobre una pintora que ha estado casada con dos grandes artistas y, aunque nunca se dice explícitamente, muchos expertos reconocen en esos personajes como Pollock y Warhol: dos hombres atormentados, obsesionados con su obra, que nunca llegaron a disfrutar realmente de la vida.

La protagonista, sin embargo, se casa por tercera vez con un empresario millonario que disfruta del arte desde otro lugar: comprando cuadros para convivir con ellos, no para sufrirlos.

Si has leído algún libro de la famosa saga Conejo de Updike y no te ha gustado —a mí Corre, conejo no me entusiasmó—, no te dejes engañar: este libro es muy distinto y, en mi caso, me encantó.

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