En Tirso de Molina, una zona de Madrid donde no siempre es fácil encontrar un sitio bonito y agradable donde sentarse a picar algo, hay un lugar realmente diferente y sofisticado —sí, sofisticado— donde tomar una cerveza y picar cosas ricas en un ambiente ideal.
Es el restaurante El Imparcial, que durante dos décadas fue redacción, oficinas y talleres del histórico periódico del mismo nombre y que hoy se ha transformado en un sorprendente espacio gastronómico, cultural y de ocio.
Pero no es un espacio cualquiera. El Imparcial ocupa un maravilloso palacete de principios del siglo XX. Nada más entrar, han instalado una tienda muy atractiva y contemporánea. Confieso que no me detuve demasiado a ver qué vendían: estaba completamente absorta con la espectacular escalera de mármol y con las ganas de fotografiar aquel espacio increíble.



Un lugar pensado para quedarse un rato
La escalera conduce al restaurante, situado en las antiguas estancias donde trabajaba la redacción del periódico.
Todo está increíblemente bien iluminado y cuidado. Han tenido la sensibilidad -y seguramente también el presupuesto ha tenido que ver- de conservar su espectacular suelo de madera en espiga. Puede que algunos lo vean envejecido, pero a mí me parece precioso y aporta al espacio una calidez muy poco habitual en los restaurantes de Madrid.
El restaurante se organiza en diferentes ambientes, que corresponden a las antiguas salas del edificio. En cada uno de ellos hay mesas donde puedes sentarte tranquilamente, incluso a media tarde, para tomar una cerveza y picar algo ligero, como un hummus u otros platos informales.

Un interiorismo que respeta el paso del tiempo
Como digo en el titular, es un lugar para picar, charlar y disfrutar de todo el ambiente que te rodea: techos altos, ventanales preciosos con contraventanas de madera, proporciones enormes, lámparas de techo de estilo mid-century, espacios encadenados, panelados en gris verdoso y baldosas blancas tipo metro en algunas paredes del restaurante.
En todo el palacete el interiorismo mezcla con mucha inteligencia la decoración burguesa de finales del siglo XIX con cierta decadencia elegante del paso del tiempo, visible en algunas paredes desconchadas que, lejos de afear el espacio, le dan muchísimo carácter.
Y todo ello sin perder la sensación de estar en una casa antigua de Madrid más que en un restaurante.

Nosotras llegamos a las seis y media porque teníamos entradas a las ocho, ahí al lado, en el Nuevo Apolo para ver Los Miserables, que como siempre, nos dejó con la boca abierta.

