Tuve la gran suerte de ver La Magdalena en uno de esos días perfectos de Santander: sin lluvia y sin calor. Con un cielo espectacular lleno de nubes de los que hacen que todo sea más bonito, sobre todo en las fotos.
Así que, con ese tiempo perfecto, la recorrí a pie. Llegué en taxi y me dejó en el Palacio de la Magdalena.



La arquitectura del palacio
La arquitectura del palacio es espectacular incluso sin entrar. Es un edificio ecléctico, con ese aire entre inglés y montañés, que me encanta, casi de palacio británico frente al mar. Tiene algo muy cinematográfico, me recuerda muchísimo a Manderley, la casa de Rebecca: tejados inclinados, volúmenes irregulares, piedra… y, de repente, lo más fascinante, el Cantábrico alrededor.
Además, es tan grande que necesitas alejarte un poco para verlo de verdad. De cerca impresiona, pero cuando te separas y lo ves entero, es cuando entiendes lo espectacular que es. Y aun así, cuesta abarcarlo. Es uno de esos edificios que no se entienden del todo en el momento: ahora que he visto imágenes desde el aire, me doy cuenta de que es mucho más impresionante de lo que percibes allí.
Es importante dar la vuelta y no quedarse solo en la fachada que da al mar, que es bastante más simple. La otra es la que de verdad impresiona.
Entré un poco, pero me dio pereza seguir. La entrada me dio la impresión de estar bastante tocada, con esas intervenciones modernas, necesarias pero poco cuidadas, que muchas veces estropean los interiores históricos.
Fui un poco tonta, porque luego he visto imágenes del interior y es espectacular.
La aristocracia y Santander
Es impresionante pensar que por aquí pasearon Alfonso XIII y su mujer, la reina Victoria Eugenia de Battenberg, Ena, como se la conocía en familia, con sus seis hijos.
El Palacio de la Magdalena fue su residencia de verano durante 17 años, entre 1913 y 1930, hasta la llegada de la II República. Un palacio que fue un regalo de la ciudad a sus reyes, sufragado por suscripción popular.
Te los imaginas perfectamente allí. A él, con su sombrero de canotié y su bigote tan reconocible. A ella, con esos vestidos blancos, casi bucólicos, que aparecen en las fotos de Santander.
Victoria Eugenia, que había nacido en Escocia, adoraba este lugar: el clima, el paisaje y también la arquitectura del palacio, que se encargó de decorar personalmente. Mientras, Alfonso, llenaba los días con sus deportes favoritos: tenis, polo, vela o caza, Y con algo más claro, todos sabemos que el rey no era tan perfecto.
La vida aquí estaba llena de recepciones, eventos, trofeos deportivos, bailes, aquellas “garden parties” de la Cruz Roja…
Y es inevitable imaginarlo todo mientras miras la fachada de la Magdalena.



El paseo hasta playa Bikini
Al principio cogí el trenecito, lo reconozco. Quería ver de un vistazo rápido qué merecía la pena y qué no. Lo cogí en la puerta del Palacio y terminó también allí. Y fue buena idea.
Porque una vez ubicada, hice lo mejor: bajarme y empezar a andar.
Desde el palacio bajé hacia playa Bikini, en un paseo precioso, a veces sobre césped, a veces por caminos, siempre con el mar de fondo. Vas viendo la isla de Mouro, el Faro de la Cerda, la playa, las Caballerizas Reales de la Magdalena y playa Bikini.
Me encantó descubrir que playa Bikini se llama así porque, en los años 60, las estudiantes europeas de los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo iban a tomar el sol en bikini cuando en España todavía no se usaba. Me parece buenísimo.

Los edificios de Santander
Justo cuando vas llegando a la zona de Bikini, pasa otra cosa: desde arriba, sin bajar a la playa, empiezas a ver Santander. Esos edificios frente al mar, muchos de ellos clásicos, con miradores, piedra y una proporción muy cuidada. Tienen esa elegancia tranquila del norte que no necesita llamar la atención.

Lo que más me gustó de este paseo es que no hay casi nada artificial. Hay muchos tramos sin barandillas, con el mar abierto delante. Puedes llegar hasta el extremo y sentir que no hay nada entre tú y el Cantábrico. Eso es espectacular.
Eso sí: elige bien el día. Ni frío ni calor, sin lluvia. Cuando el tiempo acompaña, es un paseo perfecto.
Y cuando acabas, sales por la puerta principal y sigues andando hasta el Sardinero.

